La efigie me dejó congelado, pegados los pies al piso, sin poder avanzar, desafiando a los guardias de la exposición que conminaban invariablemente a continuar el recorrido. La seguridad era muy fuerte. Días atrás había leído en una entrevista a uno de los organizadores (con esa presunción típica de los jerarcas católicos) que no revelarían de cuáles templos y parroquias se habían tomado prestadas las piezas, para no despertar después la voracidad de los ladrones. Aunque lo cierto era que mucho de lo expuesto tenía más un valor utilitario para el culto que artístico.

Para mí, llegar y quedarme extasiado ante esa estatua de tamaño natural valió por toda la exposición. Una monja con gesto doliente y los brazos levemente extendidos hacia delante, en cuyas manos portaba (recibiendo, exponiendo, ¿ofreciendo?) un corazón sangrante. Santa Margarita María Alacoque. Permanecí admirándola insuficientes pero dichosos minutos, ni siquiera los empujones de la ferviente turba que recorría las salas (deteniéndose apenas unos segundos, lo mismo ante un delicado cáliz con rebordes en oro que frente a un cuadro de Ribera) me movían. Salí de mi pasmo justo cuando a mi lado una señora a su vez me dirigía una beatífica mirada, acaso enternecida por lo que había interpretado como una gran devoción.

Por supuesto, mi gozo nada tenía que ver con cuestiones religiosas. Esa mujer vestida con un hábito, sosteniendo entre los dedos el órgano (juro que lo vi trémulo, palpitante) que nos reparte la sangre por todo el cuerpo, de manera inevitable me condujo hacia otros terrenos. Si el corazón ha sido por antonomasia la representación del amor, ¿qué decía esa mujer presentándolo así? ¿de qué se dolía? ¿qué se guardaba? Y como el arte tiende redes a través del espacio y el tiempo, recordar una canción preferida desde hace tiempo fue lógico: “A dónde iré/ dónde mi corazón pondré/ que no duela/ que no sangre/ que no arda. /Lo llevaré por fuera como los santos/ para que mires cómo me has herido/ tanto, tanto”.

Tomar fotografías de cualquier pieza era por supuesto inimaginable. Después me dediqué a buscarlas en todos los medios pero fue una labor infructuosa, porque encontré muchas de la misma santa, pero ninguna que mostrara esa figura exacta. De cualquier manera, imagen y palabra han quedado unidas de manera indisoluble: “Lo hubieras dejado en tu chaleco prendido/ o mejor, ay, te lo hubieras comido/ y no dejarme como a Cristo/ el corazón sangrante y dolorido”.

(Permítaseme un desvarío cursi: imaginar que a veces los seres humanos vamos así por la vida, me provoca una gozosa desazón: recibiendo –el de otros-, exponiendo –el propio-, ofreciendo el corazón).