En alguna novela de Luis Zapata (tal vez en En jirones, que además es un “diario” y por lo tanto se justificaría muy bien todo esto) leí –parafraseo- que la felicidad era terrible para la escritura –para el acto de escribir-, porque nos sumergía en una gozosa indolencia que nos borraba cualquier intento de sentarnos en paz a llenar esa celebérrima y temible “página en blanco”. De papel o de la pantalla de la computadora, se entiende.
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Leo el post anterior de este blog. 5 de diciembre de 2006, escribí sobre unos comerciales televisivos que me recordaron en su momento mi soledad de entonces, mis ansias por tener un novio. De ese día a este momento en que escribo pasaron cosas. En efecto tuve un novio. Pero ya no. Y no escribí una sola palabra en ese lapso de tres meses… ¿en realidad la “felicidad” me alejó de la escritura? ¿Hubo algo que se pudo haber llamado así en esa corta relación, que desgraciadamente no supe aprovechar? ¿O fue nada más que volqué esas ansias amorosas (y sexuales, por supuesto) en el primer tipo que se me plantó enfrente? ¿Perdí el tiempo en un “noviazgo” que no valía un cacahuate? ¿O fue una oportunidad dorada que por torpe y confiado lo eché a perder todo? Supongo que las siguientes líneas podrían servir para dilucidar un poco todo esto.
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Conocí a Rodrigo el miércoles 27 de diciembre del 2006, diecinueve días después de aquel último post. Y no es que sea una fecha que haya quedado grabada para siempre en mi mente. Hay causas por las que es fácil recordarla: yo estaba de vacaciones, y fue el miércoles entre navidad y año nuevo, día en que hay show en El Botanero. Oscar y yo fuimos a ese bar porque no trabajábamos al día siguiente. Estábamos un poco aburridos después de tomar un par de cervezas y en espera de que saliera la Michele, quien conduce el show, que a veces no es tan bueno, pero ella siempre le pone un acento divertido con sus chistes malos y sus perreadas a los asistentes. En la mesa contigua estaban dos muchachos, y llegó un tercero. El primer comentario que yo hice acerca de Rodrigo, antes de conocerlo, no fue muy halagüeño: cuando llegó, al saludar a uno de ellos, exclamó “¡Juliana!” (el amigo se llamaba Julio). “¿Así, o más obvia?” fue mi comentario un tanto despectivo hacia el gritón.

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