Dos comerciales televisivos.
Uno.- Un tipo camina por la calle de manera agresiva, carga un garrote que de vez en cuando sopesa. La gente al mirarlo se aparta de su paso. El hombre se dirige a un vendedor ambulante. Llega hasta él y le arroja algunos billetes y monedas. Todo parece indicar que golpeará al vendedor por su actitud. Empuña el garrote, lo levanta... y se gira para descargar el golpe en una piñata de las que vende el hombre, con una sonrisa que pretende ser inocente. La quiebra y se arroja el suelo, él solo, a recoger la fruta y los dulces que salen de ésta, con una gran sonrisa. (La conclusión es que, en esta navidad, uno debe cumplirse sus deseos frustrados o pospuestos. Como –simplezas- romper una piñata).
Dos.- Otro hombre, de pie en la parada de un autobús. Los lugares para sentarse ocupados por otras personas. El hombre carga un regalo, y le pide a una mujer sentada que si se lo sujeta mientras él se ata las agujetas de los zapatos. Cuando termina de hacerlo se hace el disimulado mirando hacia otras direcciones. La mujer le entrega el regalo. El hombre lo toma y dice ¿para mí? Y agrega, muchas gracias. Le da un beso a la mujer en agradecimiento, ante el desconcierto de ésta. Él está muy feliz de “recibir” el regalo. Este comercial es de una marca de telefonía celular, tan baratos sus productos que hasta uno mismo se debería regalar. (Por supuesto, aunque estuvieran carísimos, y si no tienes alguien que te regale, bien vale la pena levantarse la autoestima gastando plata en uno mismo).
Los tres últimos días he estado casi recluido en casa, por una gripe demasiado molesta que pesqué. Sin muchas ganas de escribir o leer, ni de ordenar un poco el caos que siempre se forma en mi habitación. Más bien pegado al televisor, en estado casi insomne. Y tal vez estos comerciales no me hubieran llamado la atención de especial manera, si no hubieran aparecido exactamente cuando estaba pensando en que ya quiero tener un novio, que venga a poner fin a estos dos años en que he estado solo.

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