Una vez que andábamos en la borrachera la Paty y yo (alguna noche de junio del 2004 tal vez), terminamos de manera inevitable en el Caudillos. Cerca de nosotros discutían tres cabrones: los que parecían ser una pareja y un supuesto amigo. La pareja se cansó de discutir casi a gritos y se fueron. Paty comenzó a charlar con el que se quedó, se entendieron muy bien y platicaron un buen rato. Yo, a un lado, ni pelaba al individuo. Hasta que a ella se le ocurrió ir al baño y dejarme allí al nuevo amiguito. Respondí a sus primeras preguntas con desgano, pero me empecé a fijar en él y no se me hizo feo. Quizás un poco pasado de rollizo (jajajaja) pero no feo: güero, de brazos peluditos, con apariencia un tanto forzada y estudiada de “gente bien”. Y muy pronto empezó a presumir: que era médico de la Autónoma de Guadalajara, que tenía varios estudiantes a su cargo, que cada rato se iba a la UNAM a dar conferencias magistrales, etc. etc. Y como a mí nunca me han dejado boquiabierto ni mucho menos tales muestras de autopromoción, me empezó a aburrir. La Paty tardó en volver. Es más, ni regresó. Lo que dio pie a que, tal vez por la cerveza ingerida o porque de verdad me gustó finalmente o quién sabe por qué chingados, nos comenzamos a besar Alfredo y yo. Unos minutos después (por decir treinta, una hora, dos, etc.) nos despegamos y le dije que ya me quería ir. Buscamos a Paty y yo la alcancé a ver platicando con un tipo, por lo tanto, ya que siempre he sido muy discreto, no le dije nada ni me despedí.
En la esquina donde cada quién debía tomar su taxi, Alfredo me dijo que tomáramos el mismo rumbo a su casa. Pero me negué y lo que en realidad era desgano, él lo interpretó como muestra indiscutible de que yo era tímido y cohibido. Antes de despedirnos se me ocurrió invitarlo al día siguiente a la presentación de un libro.
Esa presentación era parte de la Semana Cultural Gay, así que aunque no fuera muy apropiado el sitio, nos la pasamos también besándonos durante todo el evento. Cerca de nosotros Efraín y Óscar, mis mejores amigos, nos miraban incrédulos porque no les había comentado nada acerca de un nuevo romance (pues cómo, si lo había conocido la noche anterior).
En fin empezamos a vernos, si bien en realidad con pocas expectativas de mi parte. Incluso fuimos juntos a la marcha gay de ese año. No recuerdo que hayamos salido a muchos lados, pero sin embargo pronto me aburrieron sus pretensiones de clase alta, sus aires de médico exitoso. Comencé a notar algunas incongruencias en lo que me contaba. Hasta que dejé de hablarle y al cabo de unos días le solté el rollo trillado de “todavía no estoy preparado para una nueva relación”, “no eres tú, soy yo”, bla bla bla. Me lo creyó todo. Creo que a sus ojos hasta quedé como un tipo medio perdido y frágil, sensible.
Tiempo después, de nuevo con Paty (por supuesto otra de las personas que generalmente mantengo al tanto de mis percances amorosos), a ella de repente se le ocurrió preguntarme por aquel cuate, el “enfermero”. ¿Enfermero? ¿Cuál? Ni siquiera se acordaba de su nombre. El que conocimos en el Caudillos. ¿Cómo que enfermero? grité sin poder contener el enojo. A ella sí le había contado la verdad. A mí, para impresionarme obviamente, me dio otra versión de su vida. ¿Por qué hizo eso? ¿Mentir para que en cualquier momento lo descubriera? ¿Cómo se atrevió a inventar tanto si Paty sabía ya la versión real? Además, tal vez con otros podría funcionar, pero a mí no me hubiera impresionado en lo más mínimo que me dijera que tenía postgrados en Harvard. O en cualquier otra universidad extranjera, si es que allí no enseñan Medicina. Que creo que no.
Tuve oportunidad después de una pequeña venganza por el engaño. Un día me lo encontré en un restaurante, y en esas pláticas rápidas que se dan en el pasillo, me dijo que andaba buscando trabajo porque había dejado la Universidad Autónoma, ya no le había gustado. De inmediato le sugerí que fuera al hospital de una amiga mía donde necesitaban médicos. Tras un tartamudeo, muy digno respondió que quería un lugar cerca de su casa.