Rafael trabajaba en una librería del centro de Guadalajara, una librería al estilo antiguo, caótica y polvosa, donde tenías que echarte un clavado en las mesas con pilas de libros o de plano buscar entrepaño por entrepaño en los libreros, pero a cambio siempre ofrecía algún muy buen descubrimiento. Rafael era el encargado de un departamento que estaba en un tapanco, en un área inusual: un recoveco entre dos pisos, al que accedías por una escalera metálica. No recuerdo cómo lo conocí, él era algunos años mayor que yo y al principio el rollo fue de ligue. Una vez me invitó a comer pizza a Plaza Patria, en otra ocasión fuimos al cine o algún lado donde nos besuqueamos. Fueron pocas las citas, tampoco recuerdo si fui yo quien dejó de buscarlo o él a mí. Es probable que haya sido yo el desinteresado. En ese tiempo podía ligar fácilmente y me daba el lujo de dejar de ver a alguien que no me hubiera gustado por completo a los pocos días.
Cuando nos volvimos a ver, ahora ya sin el peso del forzado romance, fue más relajado el trato entre ambos, más de cuates. Me presentó a un compañero de la librería, Rigoberto, quien era su amigo inseparable, y comenzamos a salir los tres a sitios y eventos donde nuestro restringido horario (a causa del transporte público que dejaba de dar servicio) nos lo permitía. Rafael era güero, de poco pelo ya en la juventud, a veces tartamudeaba y tenía las mejillas un poco caídas, lo que el ingenio popular nombra “cachetes de gato güevón”. Rigoberto era muy moreno. Cuando se juntaban eran mas desinhibidos, y a veces coqueteaban abiertamente con quienes podían. Una vez iban en un camión; frente a ellos otros muchachos los observaban. Cada par se dio cuenta del interés o de la morbosidad con que eran vistos por el otro par. Los muchachos comenzaron a hablar de manera velada: “y qué, entonces cuál te gusta, ¿la güera o la morena?”. “Pues a mí la güera, te dejo a la morena”. “Órale pues, ya vas”. Otra anécdota que contaba Rafael es que una vez se ligó a dos chavos que parecían bugas y se llamaban uno a otro primo. Lo invitaron a dar una vuelta en su carro, y se dirigieron a las afueras de la ciudad. Al rato detuvieron el auto y uno de ellos se pasó atrás con Rafael. Empezó el faje; lo encueró todo y lo puso en diferentes posiciones. Imagínate, si alguien pasó junto al carro y volteó, allí me alcanzó a ver nomás con las patas p’arriba, comentaba divertido Rafa. Cuando eyaculó el primer primo, se detuvieron de nuevo para intercambiar lugar con el conductor. Rafa ya no quería, había quedado satisfecho, pero tuvo que cumplirle a los dos y dejarse penetrar por el segundo también. Finalizaba el relato aclarando: pero hasta eso eh, los dos me trataron bien, me dieron mi lugar.
Lo dejé de ver mucho tiempo y anduvo en varios trabajos. Lo volvía a ver a intervalos largos de tiempo. Yo ya andaba con Rigoberto (otro Rigoberto, no su compañero de la librería) y siempre le causó recelos a éste, principalmente porque siempre que lo veíamos nos contaba una nueva anécdota sucedida en baños, cantinas, en la calle (la última: una vez que regresaba tarde a su casa, vio tambaleándose de borracho a un vecino, un señor joven que le gustaba y estaba agarrado de un poste para sostenerse en pie; Rafael se acercó y le comentó algo así como “que pasó amigo ¿te ayudo a llegar a tu casa?”; el vecino se dejó llevar y en un apartado oscuro de la calle le bajó el cierre de la bragueta y se la mamó).
Nunca me confesó nada pero cada vez que lo dejaba de ver unos meses y me lo encontraba de nuevo en el camión, lo veía más acabado. Hasta que la última vez ya no había duda de que estaba enfermo. Ya no le gustaba ir a bares ni a baños ni a cines, todas las tardes se iba al Madoka a tomar café en la barra y conversar ocasionalmente con los señores asiduos del lugar, con los jugadores de ajedrez o dominó. A mi me parecía una distracción de gente mucho mayor que él, pero a Rafael le gustaba. Dejé de verlo por completo. Mucho después Arturo, un amigo suyo y también ex compañero de trabajo, me dijo que había muerto y que había sufrido mucho los últimos meses con su familia.