Categoría: Historias de vida
7 Abril 2008
No. No me gustan. He hecho dos en mi vida: uno cuando era quinceañero y el otro 20 años después. Y ahora que recuerdo, además en el inter recibí una invitación de parte una pareja de amigos heteros, que no acepté porque me apetecía estar con él pero no con ella (su insistencia se terminó una ocasión en que le propuse que practicáramos primero él y yo antes que su esposa se agregara a la acción).
Todo esto me ha bastado para saber que, a menos que sea cuestión de vida o muerte, no volveré a estar en la cama con más de un hombre a la vez. A esta gran conclusión llegué hace unos días cuando un amigo me contaba de las bondades de tal combinación sexual. Yo le decía que en el último me había sentido un tanto incómodo, y no porque no sintiera atracción a cualquiera de los dos, sino porque no me pude quitar la sensación de tener que cuidarme por dos lados. Y tampoco me refiero a cuidarme el trasero y la boca por así decirlo (aaay dios mío, qué tiempos nos ha tocado vivir). Eso lo tenía perfectamente cubierto. De lo que hablo es de estar pendiente a lo que intentaba hacer uno o el otro, de que no fuera algo que yo no quería hacer, etc etc. Pero mi amigo siguió ensalzando lúbricamente esta práctica, sin lograr que compartiera su entusiasmo. Tal vez sea por puro prejuicio, concluyó él, acaso para pincharme más el orgullo. Pues no, agregué yo, es simple y llana preferencia. Prefiero estar con uno y dedicarme a explorarlo todo, a que me explore él a mí.
Y como poniendo el epílogo a tales disertaciones, anoche (viernes 4 de mayo) en el Códice nos reunimos Óscar, Armando y yo, porque los viernes hay música en vivo y a veces se pone agradable el ambiente. Al lado de nosotros estaban en una mesa tres hombres: dos maduros (“adultos contemporáneos”) de barba y bigote, robustos pero sin llegar a ser considerados “osos”, y uno más joven, más bajo y afeminado. Y mucho menos guapo. Hubo besos apasionados y caricias a la bragueta de uno hacia el otro, del uno con el tercero, del otro con el tercero, y finalmente de los tres a la vez. Todos alrededor trataban de ignorarlos, pero alcancé a notar que también les dirigían morbosas miradas de envidia. El joven estaba mucho más borracho que los otros dos, que a veces se hablaban al oído y me dio la impresión que sentían que estaban condescendiendo con él, por añadidura el más o el único ansioso. La escena no me excitó en lo mínimo. Por el contrario, se me hizo de un completo mal gusto que nos hicieran presenciar forzosamente (pues tampoco teníamos por qué dirigir la mirada hacia el piso) ese intercambio de lenguas y salivas de tres bocas.
Lo dicho: mejor, de uno en uno.
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30 Octubre 2007
De vuelta en mi casita, en mi oficina, en mi carro... después de dos semanas en Europa, en un itinerario que estuvo cabrón:
a) sábado 13 llegada a Estocolmo, dormir una noche allí;
b) domingo 14 salida a Uppsala en tren;
c) viernes 19, viaje de dos horas en carro hacia el aeropuerto de Skavsta;
d) viernes 19, del aeropuerto de Bratislava siguió un trayecto de dos horas en camión hacia Viena;
e) viernes 19, llegada a Viena;
f) domingo 21, salida en tren hacia Zagreb, atravesando Eslovaquia por supuesto;
g) domingo 21 llegada a Zagreb, con un pinche frío y lloviendo;
h) viernes 26, salida a Viena en tren;
i) viernes 26, llegada a Viena, pa acabar de ver la ciudá;
j) dmingo 28, salida a Guadalajara, con escalas en Amsterdam y por supuesto el DF, donde esperamos tres horas pa abordar el último avión.
Llegamos a nuestra querida perla tapatía cumpliendo 24 horas sin acostarnos en una camita.
Ya iré comentado poco a poco el dichoso viaje...
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8 Julio 2006
Hace algunos días estaba pensando en el título de este apartado del blog, y caí en cuenta de algo: la gran mayoría de los hombres que yo haya conocido en toda mi vida, en el terreno amoroso, entran perfectamente aquí. De hecho, el único hombre “que sí” sería Rigoberto. Los demás, todos son hombres “que no” han llegado a ser mis parejas, con los “que no” he cogido, los que me gustaban pero “que no” concretizamos nada, a los que yo les gustaba pero les dije “que no”...
Y ese único hombre en mi vida “que sí”, estuvo aquí por un periodo bastante considerable: veinte años. Periodo que más de una vez he considerado como la más grave pérdida de tiempo, porque lo conocí cuando yo era un adolescente y necesitaba alguien que me ayudara a crecer como persona, como gay, como profesionista, etc. Y crecí, pero a pesar de él. Porque no puedo olvidar las peleas que tuvimos cuando terminé el bachillerato y estaba por entrar a la licenciatura, porque él (que ése había sido precisamente el límite de su historia académica) creía que yo “me envanecería” de ser profesionista; cuando me dieron una beca nacional de creación literaria y discutimos toda una tarde, en vez de abrazarme e irnos a festejar; cuando me decía que jamás haría nada porque en su casa supieran que era gay; cuando llamaba a su casa y a mí, a un lado, me hacía callar para que no supieran que andábamos juntos y después no “sospecharan”...
Lo sé, estoy consciente de que me hizo todo eso porque yo lo permití. Y ya a estas alturas que más da decir que ese largo periodo de veinte años aún tuvo una addenda, donde ya no éramos pareja ni novios sino amigos que cogíamos de vez en cuando. Misma addenda que fue el final definitivo con un lamentable episodio de cierre. En Puerto Vallarta, junto con otro amigo, pasamos tres días peleando y reclamando cosas que ya no venían a cuento. Él estuvo presumiendo en todo momento a su nuevo novio (de 17 años). La última noche no quise dormir en su cama, lo cual desató su furia (y no es una licencia narrativa esto). Óscar, el tercero en el viaje, salió del cuarto a buscar algo. Entonces aprovechó para ofenderme como jamás nadie lo había hecho: cuando le dije que dormiría en la cama de Óscar, y él mejor se esperara a dormir con su novio, me respondió que por supuesto se esperaba, que en realidad yo le tenía envidia porque él sí tenía nuevo novio joven y guapo, y que un muchacho como ése yo jamás lo podría conseguir a menos que le pagara.
servido por eldedoyelojo
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4 Julio 2006
Lo conocí en la premiación del Concurso de Cuento Gay, y la verdad es que al momento de verlo no me fue indiferente, pero tampoco me gustó tanto como para hablarle yo a él. En el coctel después de la ceremonia, se acercó y me preguntó algo, seguramente acerca del concurso. Él había participado con un cuento que no tenía ni la más remota posibilidad de ganar: mal escrito y con errores de ortografía, que se limitaba a consignar una anécdota pero de literario nada.
Conversamos un poco y se despidió pronto, porque era tarde y tal vez no alcanzaría transporte público. Conseguí que me diera su correo electrónico y tras intercambiar un par de mensajes comenzamos a salir. En la primera cita me alarmé al verlo esperándome en la esquina que habíamos pactado: se veía mucho más joven de la edad que dijo tener. Él también me miró y un poco sorprendido me confesó que yo me veía diferente. ¿Diferente? ¿Para bien o para mal? le pregunté. No sé, nomás diferente, fue su respuesta cautelosa.
Y comenzamos a salir. Pero desde el primer momento, el trato no fue tan fluido como debería haber sido entre dos hombres que se acaban de conocer, y (se supone) se gustan. Aventuro a enunciar las razones que nos tenían allí a ambos: yo, porque no podía dejar escapar la oportunidad de salir con un chavo de 18 años; Fernando, porque no se había encontrado hasta el momento alguien más “apropiado” para él. Y por supuesto muy pronto le encontré defectos. Por ejemplo que en su manera de hablar reunía dos acentos que me molestan de manera particular: lo fresa y lo chilango. En una ocasión que le estaba hablando con familiaridad de cierta zona de la ciudad, me detuvo y me dijo que no la conocía, porque “pues no soy uno de ustedes”. La aclaración me dejó perplejo. ¿No era uno de “ustedes”, o sea “nosotros”? ¿Y quiénes éramos nosotros? Lo que trataba de dejar muy en claro, era que él no era tapatío (es decir, nativo de Guadalajara) sino nacido en el Distrito Federal. Y no tenía porque conocer toda la ciudad. Y a decir verdad (eso lo supuse yo), ni le interesaba.
Además Fernando fue muy mala inversión, aún en el poco tiempo que salimos. Yo gastaba mucho dinero en él, y no me lo cogí siquiera una sola vez. Le decía “ya es tiempo de que estemos un rato a solas (vaya eufemismo) no crees?”. Y él solamente reía y reía y reía, sin fijar una fecha. A mis amigos nunca les conté de las maneras en que él sutilmente me estaba pasando la factura por gozar de su compañía, porque de pendejo no me hubieran bajado. Aunque de todas maneras me di cuenta pronto de eso y preferí ignorarlas. Por ejemplo, asistía a uno de los gimnasios más caros de la ciudad, pero no tenía cien pesos para cargar su celular. Me decía que no me hablaba porque no tenía crédito su teléfono ni dinero para comprarse tiempo aire. Por supuesto que yo no esperaba que él pagara la cuenta del restaurante, pero de cualquier manera era encajoso. Una vez le dije que iría al cine con mi amigo Efraín y al salir de la función allí estaba afuera esperándome, él y dos primas que habían venido de visita. Sugerí que fuéramos a un lugar a tomar algo y me comentó en secreto que mejor no, porque ellos no traían dinero. Y obviamente, como no quise parecer tacaño frente a sus primas, le dije que no había problema por eso. Fuimos y pagué las varias cervezas de los tres. Hasta le di dinero para el taxi de regreso, porque claro, ya era tarde y no podían regresar en autobús.
Pero el hecho que me decidió dejar por la paz esa “relación” fue algo muy distinto. Fernando no sabía que quería hacer de su vida. Estaba consciente de que tenía que estudiar algo, pero a todo le encontraba inconvenientes. Quién sabe debido a qué razones, un día me dijo que entraría a la licenciatura en Letras. Dudé de que tuviera la más mínima vocación para eso, en vez de decírselo le di ánimos por supuesto. Hasta me agradó que se hubiera decidido por un área artística, afín de alguna manera a lo que hago yo. La gota que colmó el vaso fue su llamada de la noche anterior a su primer día de clases. Con voz alterada me dijo que estaba preocupado. El motivo de su turbación (aventuré) era tal vez la incertidumbre de poderse adaptar a las clases, de tener buenos maestros, de saber si tendría compañeros simpáticos, qué sé yo. Pero no. La preocupación que le carcomía las entrañas era no poder decidirse por cuál ropa llevarse ese primer día de clases.
Dejé de llamarle por teléfono, y él, como no se iba a rebajar a rogarle a alguien inferior que no se merecía su amor, hizo lo mismo. Un día me lo encontré en su escuela, casualmente yo había ido por algo relacionado con la Universidad. Íbamos saliendo los dos. Lo acompañé a su autobús, le pedí disculpas por haberme desaparecido. De lo más tranquilo me dijo que no era necesario, que las cosas por algo pasaban.
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27 Junio 2006
Una vez que andábamos en la borrachera la Paty y yo (alguna noche de junio del 2004 tal vez), terminamos de manera inevitable en el Caudillos. Cerca de nosotros discutían tres cabrones: los que parecían ser una pareja y un supuesto amigo. La pareja se cansó de discutir casi a gritos y se fueron. Paty comenzó a charlar con el que se quedó, se entendieron muy bien y platicaron un buen rato. Yo, a un lado, ni pelaba al individuo. Hasta que a ella se le ocurrió ir al baño y dejarme allí al nuevo amiguito. Respondí a sus primeras preguntas con desgano, pero me empecé a fijar en él y no se me hizo feo. Quizás un poco pasado de rollizo (jajajaja) pero no feo: güero, de brazos peluditos, con apariencia un tanto forzada y estudiada de “gente bien”. Y muy pronto empezó a presumir: que era médico de la Autónoma de Guadalajara, que tenía varios estudiantes a su cargo, que cada rato se iba a la UNAM a dar conferencias magistrales, etc. etc. Y como a mí nunca me han dejado boquiabierto ni mucho menos tales muestras de autopromoción, me empezó a aburrir. La Paty tardó en volver. Es más, ni regresó. Lo que dio pie a que, tal vez por la cerveza ingerida o porque de verdad me gustó finalmente o quién sabe por qué chingados, nos comenzamos a besar Alfredo y yo. Unos minutos después (por decir treinta, una hora, dos, etc.) nos despegamos y le dije que ya me quería ir. Buscamos a Paty y yo la alcancé a ver platicando con un tipo, por lo tanto, ya que siempre he sido muy discreto, no le dije nada ni me despedí.
En la esquina donde cada quién debía tomar su taxi, Alfredo me dijo que tomáramos el mismo rumbo a su casa. Pero me negué y lo que en realidad era desgano, él lo interpretó como muestra indiscutible de que yo era tímido y cohibido. Antes de despedirnos se me ocurrió invitarlo al día siguiente a la presentación de un libro.
Esa presentación era parte de la Semana Cultural Gay, así que aunque no fuera muy apropiado el sitio, nos la pasamos también besándonos durante todo el evento. Cerca de nosotros Efraín y Óscar, mis mejores amigos, nos miraban incrédulos porque no les había comentado nada acerca de un nuevo romance (pues cómo, si lo había conocido la noche anterior).
En fin empezamos a vernos, si bien en realidad con pocas expectativas de mi parte. Incluso fuimos juntos a la marcha gay de ese año. No recuerdo que hayamos salido a muchos lados, pero sin embargo pronto me aburrieron sus pretensiones de clase alta, sus aires de médico exitoso. Comencé a notar algunas incongruencias en lo que me contaba. Hasta que dejé de hablarle y al cabo de unos días le solté el rollo trillado de “todavía no estoy preparado para una nueva relación”, “no eres tú, soy yo”, bla bla bla. Me lo creyó todo. Creo que a sus ojos hasta quedé como un tipo medio perdido y frágil, sensible.
Tiempo después, de nuevo con Paty (por supuesto otra de las personas que generalmente mantengo al tanto de mis percances amorosos), a ella de repente se le ocurrió preguntarme por aquel cuate, el “enfermero”. ¿Enfermero? ¿Cuál? Ni siquiera se acordaba de su nombre. El que conocimos en el Caudillos. ¿Cómo que enfermero? grité sin poder contener el enojo. A ella sí le había contado la verdad. A mí, para impresionarme obviamente, me dio otra versión de su vida. ¿Por qué hizo eso? ¿Mentir para que en cualquier momento lo descubriera? ¿Cómo se atrevió a inventar tanto si Paty sabía ya la versión real? Además, tal vez con otros podría funcionar, pero a mí no me hubiera impresionado en lo más mínimo que me dijera que tenía postgrados en Harvard. O en cualquier otra universidad extranjera, si es que allí no enseñan Medicina. Que creo que no.
Tuve oportunidad después de una pequeña venganza por el engaño. Un día me lo encontré en un restaurante, y en esas pláticas rápidas que se dan en el pasillo, me dijo que andaba buscando trabajo porque había dejado la Universidad Autónoma, ya no le había gustado. De inmediato le sugerí que fuera al hospital de una amiga mía donde necesitaban médicos. Tras un tartamudeo, muy digno respondió que quería un lugar cerca de su casa.
servido por eldedoyelojo
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20 Abril 2006
Rafael trabajaba en una librería del centro de Guadalajara, una librería al estilo antiguo, caótica y polvosa, donde tenías que echarte un clavado en las mesas con pilas de libros o de plano buscar entrepaño por entrepaño en los libreros, pero a cambio siempre ofrecía algún muy buen descubrimiento. Rafael era el encargado de un departamento que estaba en un tapanco, en un área inusual: un recoveco entre dos pisos, al que accedías por una escalera metálica. No recuerdo cómo lo conocí, él era algunos años mayor que yo y al principio el rollo fue de ligue. Una vez me invitó a comer pizza a Plaza Patria, en otra ocasión fuimos al cine o algún lado donde nos besuqueamos. Fueron pocas las citas, tampoco recuerdo si fui yo quien dejó de buscarlo o él a mí. Es probable que haya sido yo el desinteresado. En ese tiempo podía ligar fácilmente y me daba el lujo de dejar de ver a alguien que no me hubiera gustado por completo a los pocos días.
Cuando nos volvimos a ver, ahora ya sin el peso del forzado romance, fue más relajado el trato entre ambos, más de cuates. Me presentó a un compañero de la librería, Rigoberto, quien era su amigo inseparable, y comenzamos a salir los tres a sitios y eventos donde nuestro restringido horario (a causa del transporte público que dejaba de dar servicio) nos lo permitía. Rafael era güero, de poco pelo ya en la juventud, a veces tartamudeaba y tenía las mejillas un poco caídas, lo que el ingenio popular nombra “cachetes de gato güevón”. Rigoberto era muy moreno. Cuando se juntaban eran mas desinhibidos, y a veces coqueteaban abiertamente con quienes podían. Una vez iban en un camión; frente a ellos otros muchachos los observaban. Cada par se dio cuenta del interés o de la morbosidad con que eran vistos por el otro par. Los muchachos comenzaron a hablar de manera velada: “y qué, entonces cuál te gusta, ¿la güera o la morena?”. “Pues a mí la güera, te dejo a la morena”. “Órale pues, ya vas”. Otra anécdota que contaba Rafael es que una vez se ligó a dos chavos que parecían bugas y se llamaban uno a otro primo. Lo invitaron a dar una vuelta en su carro, y se dirigieron a las afueras de la ciudad. Al rato detuvieron el auto y uno de ellos se pasó atrás con Rafael. Empezó el faje; lo encueró todo y lo puso en diferentes posiciones. Imagínate, si alguien pasó junto al carro y volteó, allí me alcanzó a ver nomás con las patas p’arriba, comentaba divertido Rafa. Cuando eyaculó el primer primo, se detuvieron de nuevo para intercambiar lugar con el conductor. Rafa ya no quería, había quedado satisfecho, pero tuvo que cumplirle a los dos y dejarse penetrar por el segundo también. Finalizaba el relato aclarando: pero hasta eso eh, los dos me trataron bien, me dieron mi lugar.
Lo dejé de ver mucho tiempo y anduvo en varios trabajos. Lo volvía a ver a intervalos largos de tiempo. Yo ya andaba con Rigoberto (otro Rigoberto, no su compañero de la librería) y siempre le causó recelos a éste, principalmente porque siempre que lo veíamos nos contaba una nueva anécdota sucedida en baños, cantinas, en la calle (la última: una vez que regresaba tarde a su casa, vio tambaleándose de borracho a un vecino, un señor joven que le gustaba y estaba agarrado de un poste para sostenerse en pie; Rafael se acercó y le comentó algo así como “que pasó amigo ¿te ayudo a llegar a tu casa?”; el vecino se dejó llevar y en un apartado oscuro de la calle le bajó el cierre de la bragueta y se la mamó).
Nunca me confesó nada pero cada vez que lo dejaba de ver unos meses y me lo encontraba de nuevo en el camión, lo veía más acabado. Hasta que la última vez ya no había duda de que estaba enfermo. Ya no le gustaba ir a bares ni a baños ni a cines, todas las tardes se iba al Madoka a tomar café en la barra y conversar ocasionalmente con los señores asiduos del lugar, con los jugadores de ajedrez o dominó. A mi me parecía una distracción de gente mucho mayor que él, pero a Rafael le gustaba. Dejé de verlo por completo. Mucho después Arturo, un amigo suyo y también ex compañero de trabajo, me dijo que había muerto y que había sufrido mucho los últimos meses con su familia.
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